Basura electrónica, un mal moderno difícil de afrontar

La televisión, nuestro móvil, la pantalla del ordenador, la batería de un destornillador portátil, el cableado de una puerta automática... la tecnología está tan presente en nuestro día a día que a veces ni la vemos. Pero su avance es abrumador, al igual que la contaminación asociada a su empleo.

No podemos evitarlo: cuando los dispositivos dejan de funcionar han de ir a alguna parte. Nuestro cubo de basura es el primer paso de un largo viaje que acaba, el 90% de las veces, en un país en vías de desarrollo. Este trayecto, por desgracia, suele generar un importante impacto tanto en la salud como en el medio ambiente.

 

¿Qué es la basura electrónica?

Frigoríficos, ordenadores, televisores, hornos, teléfonos, aparatos de aire acondicionado, lámparas, tostadoras... la cantidad de objetos que pertenecen a lo que se cataloga como basura electrónica es enorme. De acuerdo a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, la OCDE, un desecho electrónico es todo dispositivo alimentado por la energía eléctrica cuya vida útil haya culminado.

El PNUMA, el Programa para el Medio Ambiente de las Naciones Unidas, calcula que se generan en todo el mundo cerca de 50 millones de toneladas de aparatos electrónicos anuales, aunque no se puede conocer con exactitud la cantidad de ellos que se convierten en desechos.

 

  • El PNUMA, el Programa para el Medio Ambiente de las Naciones Unidas, calcula que se generan en todo el mundo cerca de 50 millones de toneladas de aparatos electrónicos anuales.

 

Cuando la basura electrónica se recoge, tras tirarla, esta suele ser transportada por mar a otros países. Se estima que solo una pequeña parte de esta chatarra, en torno al 15,5% según cifras de 2014, se recicla con métodos eficaces y seguros desde el punto de vista medioambiental. Una de las razones para el transporte a países en vías de desarrollo, según los expertos, es que estos carecen de leyes tan estrictas en cuanto a la gestión de este tipo de residuos.

Cuando llegan a su destino, los dispositivo son, o bien reparados, o bien recuperados para su reventa en los mercados locales del país. Tanto en una como en otra situación, muchas personas no cualificadas (muchas de ellas niños) se ven envueltas en prácticas que son perjudiciales para la salud y el medioambiente.

Esto es así porque el tratamiento, lejos de ser algo estándar y regulado, se hace en vertederos descontrolados, donde estas personas recuperan los objetos de valor o desmontan y queman otros para recuperar los metales y materiales preciados. En todo este proceso es cuando se produce la contaminación tanto personal como medioambiental.

 

Cómo afecta a la salud

Por ejemplo, para la obtención del cobre, muchos niños queman el plástico de los cables para obtener su interior. También desmontan, sin herramientas y sin casi protección, aparatos que contienen metales pesados y peligrosos: mercurio, plomo, cadmio, cromo, arsénico o antimonio, entre otros. Ponerse en contacto con estos supone varios posibles problemas.

 

  • Para la obtención del cobre, muchos niños queman el plástico de los cables para obtener su interior. También desmontan, sin herramientas y sin casi protección, aparatos que contienen metales pesados y peligrosos: mercurio, plomo, cadmio, cromo, arsénico o antimonio, entre otros.

 

El plomo, por ejemplo, provoca efectos adversos en la función cognitiva, alteraciones de la conducta, déficit de atención, hiperactividad, problemas de conducta... Muy parecidos a los causados por el mercurio, que también incluyen deterioro sensorial, dermatitis, pérdida de memoria y debilidad muscular. La inhalación de cadmio puede causar problemas severos a los pulmones y también se sabe que causa daño renal. El cromo hexavalente es un carcinógeno y también hay evidencia de efectos citotóxicos y genotóxicos de algunos químicos, que se ha demostrado que inhiben la proliferación celular.

El óxido de berilio también se relaciona con el cáncer de pulmón, y el antimonio puede actuar como el arsénico, provocando la misma toxicidad. Los PBDE (polibromodifenil éteres) se utilizan para prevenir la propagación del fuego en gran variedad de materiales, incluyendo las fundas y los componentes de muchos productos electrónicos. Estas sustancias químicas son persistentes en el medio ambiente, y algunas son sumamente bioacumulativas, capaces de afectar el desarrollo cerebral normal en los animales. Se sospecha que ciertos PBDEs son disruptores endocrinos, capaces de interferir con las hormonas del crecimiento y el desarrollo sexual.

Y estos son solo algunos ejemplos. Existen decenas de ellos, y su impacto es verdaderamente complejo de evaluar. Lo que sí se sabe es que una exposición prolongada deteriora gravemente la salud de estas personas dedicadas a la recolección y trato de la basura electrónica.

 

¿Y qué le ocurre al medio ambiente?

Se estima que un solo tubo de luz fluorescente puede contaminar 16.000 litros de agua; una batería de teléfono móvil es capaz de contaminar 50.000 litros de agua; y un televisor puede contaminar hasta 80.000 litros de agua. Esto se debe a los componentes de los que hablábamos.

Los metales pesados que contienen también se cuentan entre los peores materiales posibles desde el punto de vista medioambiental. Su permanencia en los suelos y la bioacumulación en los seres vivos provoca una serie problemas importantes en el ecosistema.

Una de las manifestaciones de esta contaminación la vemos, por ejemplo, en los microplásticos. Estos contaminan ya todos los mares y casi todas las masas de agua líquida del mundo. Portan restos químicos cuyas implicaciones no están claras. El peligro principal de los microplásticos es su intensa capacidad contaminante. Pueden aparecer en cualquier lugar: desde aguas potables, al suelo y hasta en la comida. Los animales los ingieren y acumulan, y pasan por toda la cadena trófica.

 

  • El peligro principal de los microplásticos es su intensa capacidad contaminante. Pueden aparecer en cualquier lugar: desde aguas potables, al suelo y hasta en la comida. Los animales los ingieren y acumulan, y pasan por toda la cadena trófica.

 

En las quemas por la búsqueda de los materiales preciados también se produce una contaminación aérea notable, localizada pero peligrosa para la naturaleza y las personas que la respiran. En definitiva, el problema de la basura electrónica es mucho más grave y amplio de lo que parece, y nos atañe a todos y todas. Ser conscientes de este problema es el primer paso en la búsqueda de unas soluciones que no serán sencillas.

 

Bibliografía:

 

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