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La reciente tragedia ha hecho que se hable de las vacunas, su necesidad y sus consecuencias por todo el territorio español. La mejor defensa es la información.

Hace poco recibíamos una tristísima noticia. Un niño de seis años fallecía tras 25 días de lucha contra una enfermedad que se consideraba eliminada de nuestras fronteras: la difteria. El niño, que no estaba vacunado, se contagió de la enfermedad produciendo uno de los debates más intensos sufridos en el país hasta la fecha. Ahora, tras el incidente, quedan muchas preguntas en el aire. ¿En qué consiste la enfermedad y cómo protege la vacuna? ¿Todas las vacunas son necesarias? ¿Deberíamos obligar a vacunar a todos los niños? Estas son solo algunas de las cuestiones que nos hacemos.
 
Difteria, una vieja conocida
En primer lugar, la difteria es una enfermedad considerada como desterrada de España desde 1987. En las islas Canarias el último caso se dio en 1982, donde 3 niños se vieron afectados en Santa Cruz de Tenerife. La bacteria existe en diversas variantes, algunas más virulentas que otras. Sus efectos, además de algunos que coinciden con los propiciados por otras enfermedades de las vías respiratorias, pueden acarrear consecuencias mucho más graves. Esto se debe a una toxina que porta esta bacteria en su capa externa. La toxina diftérica es capaz de afectar a nuestros órganos, provocando daños irreversibles e incluso la muerte. 
 
Su letalidad puede llegar a ser tan alta como el 20%, lo que quiere decir que uno de cada cinco niños están en peligro. La vacuna, por su parte, se diseña usando una variante de la toxina "adormecida", inofensiva a la que se añaden sustancias químicas probadas durante muchísimos años en el laboratorio por seguridad. Ésta "enseña" al cuerpo a actuar contra la toxina, identificando a la bacteria y a la propia toxina antes de que produzca daños. La vacuna antidiftérica se aplica junto a la antitetánica y la de la tos-ferina en el calendario regular de vacunación. Su administración salva, literalmente a millones de niños todos los años.
 
La falsa polémica
Algunos sectores muy concretos de la población han levantado la voz en una actitud que promueve la no vacunación. Los pequeños colectivos esgrimen argumentos como el desconocimiento de los productos químicos que llevan las vacunas, su falta de seguridad o la reacción adversas. Si bien es cierto que existen reacciones adversas a la aplicación de algunas vacunas, estos casos son poquísimos y ni todos son iguales ni tampoco lo son todas la vacunas. En primer lugar, las reacciones adversas se cuentan en números que no llegan a uno por millón. En segundo, muchos de ellos se deben a casos de mala praxis farmacéutica o por cuestiones características de la persona como alergias desconocidas o enfermedades no diagnosticadas. 
 
En tercer lugar, si bien existe cierto debate entre la comunidad médica con respecto a algunos tipos de vacuna muy concreto, lo cierto es que todas las entidades que avalan la seguridad y la salud, tanto en Europa como en Estados Unidos, coinciden en la seguridad y validez de las vacunas de administración común. Entre ellas se encuentra, precisamente, la vacuna antidiftérica, la cual es una de las razones de que nuestra calidad de vida haya aumentado en las últimas décadas. Los colectivos antivacunas, aunque minoritarios, normalmente suelen constar de gente que ha tratado de informarse de una manera ineficaz, recurriendo a fuentes poco fiables y dejándose llevar por un miedo razonado pero manifiestamente falso. No existe polémica real ante la administración de vacunas como la antidiftérica.
 
La necesidad de vacunar
Con respecto a España, los expertos son unánimes al respecto: obligar a vacunar es innecesario. Esto es especialmente cierto en las Islas, donde casi el 98% de los habitantes está correctamente vacunado. El El jefe del Servicio de Epidemiología y Prevención de la Dirección General de Salud Pública del Servicio Canario de la Salud, Domingo Núñez, declaraba recientemente su reticencia a imponer la vacunación. Esto se debe a que la población ya está concienciada. Es innecesario aplicar "medidas" drásticas, las cuales podrían resultar más contraproducentes que beneficiosas. En vez de eso, la mejor estrategia es seguir informando y observando el panorama español. Especialmente crítica es la monitorización de las personas no vacunadas ya que al carecer de inmunidad adquirida suponen una barrera en la llamada "inmunidad grupal", la barrera principal por la que se destierra una enfermedad infecciosa.
 
Es importantísimo entender que hay que confiar en las fuentes oficiales y en los médicos, principales profesionales expertos en salud. La información proveniente de fuera de estos círculos de confianza puede resultar ambigua o poco rigurosa. De hecho, es la fuente principal de desinformación que ha llevado a algunas personas a confundir opiniones con hechos contrastados. En el caso de la vacunación es especialmente importante ya que las consecuencias pueden ser nefastas y no para una sola persona. Un solo caso de infección supone poner en peligro a todos los demás por cuestiones inmunitarias más complejas. Vacunar es imprescindible y beneficioso. Siempre podemos informarnos por los medios que queramos. Pero ante la duda, la única vía adecuada es consultar con el médico. La correcta información es la única manera que tenemos de evitar tragedias como la ocurrida con el último caso de difteria en España.
 
 
 
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