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Nube de Orión. Fuente: Wikimedia

Aunque parezca mentira, en el espacio sí que podríamos percibir olores. No en mitad de la nada, casi vacía por definición, pero si acercáramos nuestra nariz a una de las enormes nubes estelares, probablemente nos llegaría un aroma característico. Y es que si algo abunda en el universo es el gas. Gas que huele de muy diversas maneras.

El origen de todo

"Las galaxias se forman a partir de enormes cúmulos conocidos como nubes de gas molecular."

Las galaxias se forman a partir de enormes cúmulos conocidos como nubes de gas molecular. En estas existe una vasta cantidad de sustancia capaz de generar soles enteros que, a medida que se van concentrando, atraen más y más gas. Por ejemplo, la enorme nube molecular B2 de Sagitario contiene suficiente gas como para formar tres millones de soles como el nuestro.

Estas nubes, como vemos, son el origen de todo, puesto que de ellas aparecen las estrellas y la materia que forma los planetas. Pero antes de eso, el gas está desparramado. Y como ocurre con muchas sustancias gaseosas, nuestro olfato es capaz de detectar bastante de las mismas. ¿Por qué razón? Porque curiosamente, gran cantidad de estas nubes gaseosas están formadas por compuestos orgánicos.

¿A qué huelen las nubes (de gas molecular)?

"Existe un olor general reinante por todo el universo. Este consiste en una combinación entre metal caliente, humo de gasolina diésel y una barbacoa."

Apuntemos nuestra nariz estelar hacia, por ejemplo, la nube molecular 1 de Tauro. Se encuentra a unos 450 millones de años luz de nuestro pequeño planeta. Esta nube, como presentaron los astrónomos hace poco, huele principalmente a almendras amargas. Esto se debe a la presencia de benzonitrilo, una molécula aromática procedente de la transformación del cianuro, rica en nitrógeno, hidrógeno y carbono. Esta en particular, nos cuenta que está en la adolescencia galáctica, y que no ha tenido tiempo de formar demasiadas estrellas.

¿Y qué hay de la nube de Sagitario de la que hablábamos antes? Pues probablemente olerá a podrido, con cierto toque dulzón. Esto se debe al característico olor del ácido sulfhídrico a huevos podridos y al dulzor que produce el etilenglicol, al que podremos atribuirle el olor del anticongelante.

Si ahora centramos nuestra capacidad olorosa en la nube interestelar de Orión, lo que notaremos es un olor penetrante y sofocante, con ciertos toques de almendra y un fuerte aroma a bebida alcohólica. El primero se debe al formaldehído, que puede resultar muy fuerte en alta concentración. Las almendras, de nuevo, se deben a los compuestos derivados del cianuro, aunque esta vez no son todos como el benzonitrilo, sino que lo encontraremos asociado al hidrógeno.

Nube de Sagitario. Fuente: WikimediaNube de Tauro: Wikimedia

Otra gran representante de estas nubes moleculares se encuentra junto a la constelación Aquila. Esta huele, sin duda alguna, a alcohol puro. Y es que esta nube mide unas 1.000 veces más que el diámetro de nuestro sistema solar. En ella se encuentra la mayor cantidad de etanol jamás detectada en el universo. Tanta que no podríamos "bebernos" toda la nube, aunque toda la humanidad se bebiera 300 pintas al día durante un billón de años.

Por último, parece que existe un olor general reinante por todo el universo. Este consiste en una combinación entre metal caliente, humo de gasolina diésel y una barbacoa. Esto se debe a los compuestos olorosos denominados hidrocarburos policíclicos aromáticos, procedentes de las estrellas moribundas y presentes por todo el universo. De hecho, estos hidrocarburos han sido hallados en cometas, meteoritos y el polvo espacial.

¿Por qué hay tanta molécula ahí fuera?

"La cantidad de materiales que encontramos en el espacio es muy grande. Pero, sorprendentemente, no es tan variada como podría pensarse."

En realidad, más allá de lo curioso del asunto, la existencia de todo este tipo de moléculas nos dice mucho sobre el espacio. No por nada, sino porque, como decíamos, todo aparece (y apareció) a partir del gas y pequeñas partículas flotando. Conocer su composición nos permite entender qué pasa cuando se concentra y va transformándose en otros objetos astronómicos. Por ejemplo, cómo comienza su vida una estrella, o qué hace falta para que se forme un disco protoplanetario. O mucho más importante, desde nuestro punto de vista al menos, ¿qué debe contener una galaxia para que se forme vida?

La cantidad de materiales que encontramos en el espacio es muy grande. Pero, sorprendentemente, no es tan variada como podría pensarse. Muchas de las moléculas que encontramos ahí fuera están relacionadas con la vida que conocemos en nuestro pequeño planeta. Esto nos dice mucho sobre la existencia que conocemos. Y, creemos, también nos permite seguirle la pista a nuevos secretos universales.

¿Y cómo sabemos qué moléculas hay? Por supuesto, nadie ha estado allí para "oler" el gas estelar. En vez de eso, usamos la radiación (la infrarroja, por ejemplo) en complejos sistemas de espectroscopia, con los que determinamos un perfil molecular de una nube de materia estelar. Quién sabe. Puede que algún día podamos confirmarlo con nuestras propias narices pero, por el momento, parece que el espacio todavía está un poco lejos para poder olerlo directamente y sin ayuda de telescopios.

 

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