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Marie Curie y su marido - Fuente: Wikimedia

Hubo unos años en los que la radiactividad no era peligrosa, sino un remedio panacea que podía usarse en todo tipo de procductos imaginables y para curar todo tipo de enfermedades. Hasta que comprendimos sus verdaderos efectos.

A día de hoy, a nadie se le ocurriría considerar la radiación como algo "bueno". Este fenómeno natural está presente a lo largo y ancho del universo, pero su implicación sobre los seres vivos puede ser del todo nefasta, ya que altera nuestro material genético y provoca una serie de cambios que pueden dañar los tejidos de los seres vivos. Cuando se descubrió, todo esto era por completo desconocido. Por aquel entonces, la radiación se veía como una panacea capaz de hacer de todo, literalmente.

La desconocida radiactividad

Ahora todos sabemos que la radiación producida por ciertos elementos es capaz de matar a una persona en cuestión de minutos, con las dosis adecuadas. Toda precaución es poca y sus efectos pueden ser devastadores. Sin embargo, cuando fue descubierta, a finales del S. XIX, nadie se imaginaba sus terribles efectos. En 1898, el matrimonio Curie describió por primera vez las extrañas propiedades de un producto obtenido de la uraninita. Estas se debían al polonio y al radio que contiene este mineral.

"La propia Marie sufrió la "enfermedad de los rayos", que no es otra cosa que una radiotoxemia que hincha, provoca manchas, malestar y puede llegar a producir la muerte."

Gracias al trabajo de la que es una de las parejas de científicos más eminentes de la historia, las características de la radiactividad fueron puestas de manifiesto, analizadas y acuñadas. Pierre y Marie Curie propusieron el corpus de la teoría de la radiactividad que hoy explica las propiedades físicas de estos elementos.

Pero, además de aislar y describir sus efectos, el matrimonio también comprobó que la radiactividad era capaz de acabar con las células del cáncer. Otro efecto obvio de las sustancias radiactivas es la de dar luz de forma espontánea y calentar. Esto fue suficiente para que la propia comunidad científica, así como los oportunistas, vieran en la radiación una especie de panacea que lo curaba todo.

Radiación para todos

Jarra irradiadora - Fuente: WikimediaAsí, a mediados de los años veinte y treinta se levantó una especie de moda que no dudaba en recomendar su uso para todo tipo de productos: pinturas, cremas, agua o incluso pasta de dientes. Y no solo recomendarlo, sino también fabricarlos. Como decíamos, se cogía radio y uranio y se empleaba en la confección de pastas, o se echaba en el agua para otorgarle propiedades radiactivas.

 

"Así, a mediados de los años veinte y treinta se levantó una especie de moda que no dudaba en recomendar su uso para todo tipo de productos: pinturas, cremas, agua o incluso pasta de dientes"

En el mercado podían encontrarse cremas, que "limpian más y mejor" gracias a su acción atómica; pintura para relojes que se iluminan en la oscuridad por la radioactividad; pasta de dientes con capacidades desinfectantes; o, incluso, complementos de ropa y artículos de uso diario de “mayor calidad”. Como decíamos, el caso de las jarras irradiadoras para meter el agua y tónicos con radio disuelto eran especialmente llamativos.

Las propias sales de radio se vendían como remedio para todo tipo de males: depresiones, impotencia, cáncer, anemia... El radio, el metal fetiche de los Curie, podía usarse para todo. Esto incluía la comida, como el chocolate, la mantequilla o la gelatina, que se vendían "enriquecidos" con radio. Pero pronto, a medida que surgían más y más productos radiactivos en el mercado, comenzó a hacerse patente que la radiación no era precisamente buena para la salud.

Los peligros de la radiotoxemia

Cuentan los biógrafos de Marie Curie que esta llevaba tubos con radio o polonio en los bolsillos. Y que, además, guardaba las muestras con las que trabajaba en una caja de cartón, junto a su escritorio. Incluso llegó a dormir con algunos de los minerales de los que procedían sus estudios y que, según los más dramáticos, emitían un inquietante fulgor por la noche.

"Marie Curie llevaba tubos con radio o polonio en los bolsillos y guardaba las muestras con las que trabajaba en una caja de cartón, junto a su escritorio"


Uraninita - Fuente: WikimediaA día de hoy, los materiales de sus primeros trabajos están guardados en cajas especiales. Hasta su libro de cocina está contaminado con radiactividad. La propia Marie sufrió la "enfermedad de los rayos", como comenzó a denominarse. Esta no es otra cosa que una radiotoxemia que hincha, provoca manchas, malestar y puede llegar a producir la muerte. Marie murió de una anemia aplásica, probablemente fruto de la radiación constante recibida durante su vida.

 

Aunque la científica jamás fue consciente de los peligros asociados a su descubrimiento, la comunidad científica no tardó en descubrir el terrible poder que tienen los materiales radiactivos. Por eso, a mediados de los años treinta, la alerta ya estaba en marcha y la pequeña y animada fiebre por la radiación se disipó rápidamente. Eso sí, las víctimas ya se contaban por decenas por aquel entonces.

A pesar de ello, todavía hubo quien se rezagó en los conocimientos sobre la radioactividad. En los años cincuenta, la modelo Jacqueline Donny promocionaba una crema con supuestos beneficios radiactivos a pesar de que por entonces el peligro atómico era ya una realidad tangible en la sociedad. Por suerte, parece que el producto no tenía ni un ápice del radio ni el torio que prometía.

Así, la radiación pasó de ser un concepto misterioso y profundo, a un remedio todopoderoso y de ahí, a un peligro a evitar a toda costa en apenas treinta años. A día de hoy usamos constantemente la radiación en nuestro beneficio: para investigación, para industria o, incluso, para tratamientos y diagnósticos. Puede que en su momento tomáramos el descubrimiento con demasiado entusiasmo, pero lo que queda claro es que la fiebre del radio terminó por darnos unos buenos frutos.

 

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